Casco de Santa Brígida

Santa Brígida

Texto: Pedro Socorro Santana
Fotografías: Orlando Torres Sánchez

Palmeral. Santa Brígida
Palmeral. Santa Brígida

La cercanía de Santa Brígida con la ciudad marcó para siempre el destino de esta Villa, llamada a convertirse por razones de proximidad, climáticas y fácil comunicación, en  la huerta abastecedora de Las Palmas y su ‘pulmón natural’ donde reparaban sus fuerzas los habitantes de la costa. Los manidos apelativos de ‘jardín de tradiciones’ o la ‘villa de las flores’, prodigados en exceso en las guías de viajes, describen verdaderamente a este pequeño lugar. Porque esta zona de las medianías de Gran Canaria ha seducido a sus visitantes extranjeros y a determinadas familias de la ciudad que supieron comprender que la tierra podía producir algo más que lo que se precisa para comer, pero también era un lugar apropiado para vivir y disfrutar de su aire fresco y las espectaculares vistas de un campo desbordante de fragancia y verdor. Y así, al socaire de volcanes apagados, empezaron a crecer las primeras viñas que hicieron famoso un tinto que, en palabras de Williams Shakespeare, perfumaba la sangre y las primeras villas residenciales con sus jardines renacentistas como las de la familia Manrique de Lara, Massieu; mansiones de arquitectura inglesa o bellas casas de campo, de estilo colonial, como la de nuestro escritor más universal: Benito Pérez Galdós, que su padre fabricó a comienzos del siglo XIX sobre el cabezo de la montaña de Los Lirios.

De aquellos años gloriosos quedaron haciendas, lagares y casonas que se desparraman en los alrededores de Santa Brígida que además de conservar elementos de la arquitectura artesanal sirven de atractivo de este pueblo, puerta de entrada al campo, la antesala de la Cumbre. Y esa condición de frontera natural salta a la vista con espacios verdes como el propio Monumento Natural de Bandama, los Paisajes Protegidos de Tafira, Pino Santo o el histórico Palmeral de Satautejo, que sirve de telón de fondo a un pequeño casco urbano marcado por casitas de encanto colonial, pocas ya la verdad, por las que parece no haber pasado el transcurrir del tiempo.

Casco de Santa Brígida
Casco de Santa Brígida

Para descubrir el alma verdadera de Santa Brígida hay que callejear por los pequeños pasajes que desembocan en la Iglesia Parroquial, un edificio desdichado y nunca terminado, ya que en el lugar que hoy ocupa este templo de características neogóticas se erigía una ermita de comienzos del siglo XVI que fue pasto de las llamas el 21 de octubre de 1897. Tan sólo quedó en pie la bella e inconfundible torre campanario, hecha con piedras del lugar, y única superviviente de aquella noche en llamas. El fuego devoró alguna imagen cincelada por el imaginero grancanario Luján Pérez u otras que habían sido enviadas desde América.

Aunque la masiva construcción le ha restado singularidad y ha roto, en parte, el encanto de aquel pueblo rural y campesino, aún hoy es un pueblo bonito y sencillo, en donde es posible pasear por las callejuelas empedradas que envuelven el templo y sincretiza la sencilla tradición arquitectónica canaria, sin ningún monumento especialmente destacable, pero muy agradable para pasear. Merece la pena detenerse en las esquinas, sentarse a los pies de los laureles de indias y observar una curiosa lápida sobre la pared lateral de la iglesia que recuerda el ímpetu de los satauteños en la defensa de la isla. Un pueblo que guarda con orgullo en su memoria su mayor momento de gloria cuando su pequeño territorio se convirtió durante una semana en la capital de Gran Canaria cuando derrotaron en medio del bosque del Lentiscal a la poderosa armada holandesa que, al mando de Pieter van der Does, asediaron a la isla en el verano de 1599. Era el mayor ejército que se había visto en sus aguas. Por tal razón el escudo heráldico de la Villa tiene la leyenda que dice: Por España y por la Fe vencimos al holandés.

Drago de Barranco Alonso. Santa Brígida
Drago de Barranco Alonso. Santa Brígida

Una vuelta de 360 grados desde el centro de la plaza permite ver los principales monumentos del centro histórico, declarado Bien de Interés Cultural (BIC): La Heredad de las aguas, el Casino, el viejo Ayuntamiento, los calvaritos o la vía más transitada y alegre (la calle Tenderete), donde disfrutar de un aperitivo en sus bares y terrazas. Pero lo más hermoso es volver sobre tus pasos hacia el balcón natural que, desde la trasera de la iglesia, nos regala unas vistas de la Cumbre y nos descubre a ratos el cauce del barranco del Guiniguada, la verdura de las vegas y las montañas que, de fondo, semeja un cuadro paisajista.

El vecino Parque Agropecuario de El Galeón es otra buena forma de explorar el pasado agrícola del municipio y disfrutar, si se viaja con niños, de sus paseos y sus alpendres y espacios con animales. Huertos feraces, pozos convertidos en museo y bosquecillos de palmeras que recuerdan el nombre aborigen del pueblo (Tasaute), el esplendor agrícola perdido y recién recuperado. Porque Santa Brígida ha vuelto a disfrutar de los aromas del vino, con la reactivación de las cepas retorcidas de El Monte y la apertura de la Casa del Vino en pleno casco histórico, un caserón canario restaurado, propiedad del Cabildo, que además de contar con un restaurante donde reponer fuerza y espíritu, pudiendo comer unas papas arrugadas, una ropa vieja y una dosis generosa del reputado vino de la tierra, dispone de un museo pequeño, pero lleno de curiosidades, que muestra la importancia histórica de este cultivo en la isla y los esfuerzos que se están realizando para recuperar los caldos de denominación de origen de Gran Canaria.

Pero si, además, acude a esta Villa durante el fin de semana no debe pasar por alto  una visita al mercadillo local con un delicioso argumento: comprar frutas y verduras, variedad de queso o pan del campo, mieles artesanales o adquirir, siempre que haya, los bizcochos lustrados de Melián, unos dulces azucarados por el que fue famoso este pueblo. Aunque también resulta un placer poder patear por los caminos reales, poniendo a prueba nuestros cuádriceps, y poder permanecer un rato a la sombra del imponente drago centenario de Barranco Alonso. Fue en tiempos una parada de la ruta de peregrinación a la Villa mariana de Teror, nuestra meca canaria. Si queremos más arte se puede visitar la ermita de La Concepción, declarada Monumento Histórico Artístico desde 1977, que conserva junto a su fachada algunas de las tumbas debidas a la epidemia del cólera morbo que afectó a la Isla en 1851.

Alfarería de La Atalaya. Santa Brígida
Alfarería de La Atalaya. Santa Brígida

Santa Brígida es conocida, además, por su gran riqueza paisajística y que se ganó a pulso el título de la Villa de Las Flores. A pocos kilómetros de la Villa se encuentra el Monumento Natural de Bandama, una caldera volcánica apagada con una profundidad de 200 metros y un diámetro de un kilómetro, que ofrece magníficas vistas de las zonas Centro, Norte y Este de la isla. Se trata de uno de los espacios naturales más bonitos –y cuidados- con el mar próximo a la vista. Esa imagen de Santa Brígida que todos imaginamos. Situado en las proximidades de Bandama se encuentra el antiguo poblado alfarero de La Atalaya, el barrio más troglodita, un lugar poblado de casas cueva que data de la época prehispánica, donde aún es posible comprar vasijas de barro, tal y como las fabricaban los antiguos canarios. Allí es posible callejear por sus serpenteantes caminos o visitar el Ecomuseo Cá Panchito, con una importante colección de piezas de artesanía fabricadas por un célebre artesano local ya desaparecido.